Pentágono confirma renuncia de jefe de Estado Mayor
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El conflicto con Irán expone el alto costo y los desafíos logísticos de una guerra prolongada, obligando a EE.UU. a acelerar la producción de armas.
La reciente ofensiva de Estados Unidos contra Irán ha puesto en evidencia las limitaciones del poderío militar estadounidense, contrariamente a la narrativa de guerras rápidas y victoriosas promovida por el presidente Donald Trump. Lo que inicialmente se presentó como una campaña breve y quirúrgica se ha convertido en un conflicto prolongado que consume miles de millones de dólares diarios y agota las reservas de armamento.
La administración Trump, que durante años vendió la idea de operaciones relámpago, ahora enfrenta una realidad muy diferente. Según estimaciones del Departamento de Defensa citadas por The Guardian, el gasto diario durante los primeros días del conflicto alcanzó los 2.000 millones de dólares, reduciéndose luego a alrededor de 1.000 millones diarios. La duración prevista de la ofensiva, que podría extenderse hasta ocho semanas, contrasta con los mensajes iniciales que sugerían una campaña corta y precisa.
El almirante Brad Cooper, comandante del Mando Central de Estados Unidos, reveló que en menos de 100 horas se atacaron casi 2.000 objetivos utilizando más de 2.000 municiones. Cada uno de estos ataques implica el uso de misiles de crucero, bombas guiadas o interceptores de defensa aérea, cuyo costo unitario asciende a cientos de miles o millones de dólares.
La intensidad del conflicto ha obligado al Pentágono a convocar una reunión urgente con gigantes de la industria armamentística como Lockheed Martin y RTX (Raytheon) para acelerar la producción de misiles y sistemas de defensa. Las reservas de armas estratégicas, como los interceptores Standard Missile-3 (SM-3) y los misiles THAAD, se están agotando a un ritmo que supera la capacidad de reposición.
Un informe del Center for Strategic and International Studies (CSIS) estima que en 2025 se utilizó hasta el 20% de los SM-3 disponibles y entre el 20% y 50% de los THAAD. La producción de estos sistemas puede tardar meses o años, lo que genera una brecha crítica entre el consumo y la reposición.
Irán, por su parte, ha empleado una estrategia basada en drones Shahed, dispositivos relativamente baratos que vuelan a baja altura y saturan los sistemas defensivos. Esta táctica obliga a Estados Unidos a gastar misiles de alto costo para neutralizar amenazas de bajo valor, exacerbando el desgaste de sus arsenales.
Ante la escasez de armamento, la Casa Blanca considera invocar la Ley de Producción de Defensa, una medida de la Guerra Fría que permite priorizar contratos militares. Además, el Pentágono prepara una solicitud presupuestaria adicional de 50.000 millones de dólares para reponer las armas utilizadas.
Empresas como Raytheon ya han aumentado su producción de misiles Tomahawk a 1.000 unidades anuales, cada uno con un costo aproximado de 1,3 millones de dólares. Este esfuerzo industrial no solo refleja la urgencia del momento, sino también el papel central del complejo militar-industrial en la economía de guerra.
Mientras tanto, aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico comienzan a reportar escasez de interceptores para defenderse de los ataques iraníes, según fuentes citadas por CNN. La preocupación crece, aunque aún no ha alcanzado niveles de pánico.
En resumen, la guerra contra Irán ha expuesto las fragilidades de la maquinaria militar estadounidense, demostrando que las guerras modernas no solo se libran en el campo de batalla, sino también en las cadenas de suministro y los presupuestos nacionales.
Fuente: cubadebate.cu
Escrito por
Alvaro Miera
Periodista de derechos humanos y sociedad civil cubana. Redacta con Command AI de Cohere.
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