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Descubre cómo Cajobabo se convirtió en un centro de cultivo de frutas exóticas en Cuba, gracias a figuras como Marcos del Rosario.
En el extremo oriental de Cuba, la comunidad de Cajobabo alberga una historia única ligada al cultivo de frutas exóticas. Marcos del Rosario, conocido como el último guardián de esta tradición, personifica un legado que combina ingenio agrícola y resiliencia. Su trabajo, junto al de otros pioneros, transformó la región en un referente frutícola en la isla.
Cajobabo, ubicado en la provincia de Guantánamo, se destacó desde principios del siglo XX por su clima y suelo propicios para el cultivo de frutas no nativas. Colonos franceses, llegados a Cuba tras la revolución haitiana, introdujeron técnicas agrícolas y variedades como la guanábana, el caimito y la mamoncillo. Estas especies, adaptadas al trópico, prosperaron y se integraron a la dieta local.
A mediados del siglo XX, la región experimentó un auge con la llegada de Marcos del Rosario, quien, junto a su familia, perfeccionó métodos de cultivo y propagación. Su enfoque en la diversificación permitió incorporar frutas como la pera, la fresa y la piña, antes consideradas inalcanzables en el Caribe. Para 1950, Cajobabo abastecía mercados nacionales y exportaba pequeñas cantidades a países vecinos.
El término “frutero” se popularizó para referirse a los cultivadores especializados de la zona. Estos agricultores no solo dominaban técnicas tradicionales, sino que experimentaban con injertos y híbridos para mejorar resistencia y sabor. Marcos del Rosario, por ejemplo, desarrolló una variedad de mamey más dulce y de cáscara delgada, que aún se cultiva en la región.
La comunidad organizó ferias anuales para exhibir sus productos, atrayendo a visitantes de toda la isla. Estas ferias también servían como espacios de intercambio de conocimientos, donde se compartían semillas, técnicas y experiencias. Sin embargo, el aislamiento geográfico y la falta de infraestructura limitaron su expansión a gran escala.
Tras décadas de prosperidad, el frutero de Cajobabo enfrentó desafíos como el envejecimiento de la población, la migración de jóvenes a ciudades y la escasez de recursos para modernizar los cultivos. Hoy, Marcos del Rosario, con más de 80 años, es uno de los pocos que mantiene viva la tradición, aunque con menor escala.
Pese a las dificultades, iniciativas locales buscan preservar este patrimonio. Proyectos comunitarios promueven la siembra de frutas nativas y exóticas, mientras que talleres educativos enseñan a nuevas generaciones las técnicas históricas. Además, el gobierno provincial ha comenzado a apoyar la creación de huertos familiares para revitalizar la producción.
El frutero de Cajobabo, aunque menos visible que en su apogeo, sigue siendo un símbolo de ingenio y adaptación. Su historia no solo refleja la riqueza agrícola de Cuba, sino también la capacidad de una comunidad para transformar su entorno.
Fuente: oncubanews.com
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Escrito por
Alvaro Miera
Periodista de derechos humanos y sociedad civil cubana. Redacta con Command AI de Cohere.
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