Fallece Augusto Bueno y Roberto Vitlloch, defensores del patrimonio cubano
Los arquitectos Augusto Bueno y Roberto Vitlloch, discípulos de Eusebio Leal, fallecieron este año dejando un legado en la conservación del patrimonio cubano.
El organero vasco Guillermo Aizpuru restauró y construyó órganos en La Habana en los años 50, dejando un legado musical en la ciudad.
La música es un elemento fundamental en la cultura cubana, con una rica herencia que abarca desde ritmos populares hasta composiciones académicas. En este contexto, la figura de Guillermo Aizpuru Egiguren, un organero vasco, juega un papel destacado en la preservación del patrimonio musical de La Habana. Su trabajo en la restauración y construcción de órganos en la década de 1950 dejó una huella imborrable en la ciudad.
La capital cubana, conocida por su vibrante vida cultural, ha sido testigo de la evolución de la música a lo largo de los siglos. Desde los compositores más reconocidos, como Ernesto Lecuona y Leo Brouwer, hasta los ritmos populares del son y la rumba, la isla caribeña ha cultivado una identidad musical única. Sin embargo, es en el ámbito de la música sacra y barroca donde Aizpuru dejó su marca.
Guillermo Aizpuru, nacido en Azpeitia, País Vasco, en 1917, creció en un entorno familiar vinculado a la fabricación de órganos. Su abuelo materno y su padre fueron accionistas de una fábrica de órganos, y su cuñado era organista. Esta influencia familiar lo llevó a formarse en electrónica y a trabajar en la empresa familiar, adquiriendo experiencia en la construcción y restauración de órganos.
En 1950, Aizpuru llegó a La Habana tras ser contactado por el cardenal Manuel Arteaga, arzobispo de la ciudad, para restaurar el órgano de la catedral. Aunque el instrumento estaba irreparable, Aizpuru encontró una nueva oportunidad al construir un órgano desde cero para la iglesia de los padres Pasionistas en La Víbora. Este proyecto marcó el inicio de su contribución al patrimonio musical habanero.
Entre los órganos restaurados por Aizpuru, destacan dos ejemplares de la época colonial. El órgano Daublaine-Ducroquet, construido entre 1845 y 1855, es el más antiguo de la ciudad. Originalmente ubicado en la iglesia de San Francisco de Paula, fue donado a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana en 2004 y restaurado en 2008 por el organero español Joaquín Lois.
El órgano Merklin-Schütze, construido en 1860 en París y Bruselas, es otro ejemplo de la labor de preservación. Tras su restauración en 2017 por el organero suizo Ferdinand Stemmer, con el apoyo del Gobierno alemán, fue instalado en la iglesia de San Francisco de Asís.
La labor de Aizpuru no solo se limitó a la restauración y construcción de órganos, sino que también contribuyó a la vida musical de La Habana. Su trabajo permitió que estos instrumentos volvieran a sonar en templos y salas de conciertos, enriqueciendo la experiencia cultural de los habaneros.
Aizpuru se estableció en La Habana con su familia, obteniendo incluso la nacionalidad cubana. Su primer hijo nació en la isla, y su legado continúa siendo recordado por su nieto, Ander Aicrag Urupzia, quien ha compartido archivos familiares que testimonian la importancia de su trabajo.
En resumen, Guillermo Aizpuru Egiguren, a través de su dedicación y expertise, logró preservar y enriquecer el patrimonio musical de La Habana, dejando un legado que aún resuena en la ciudad.
Fuente: cubadebate.cu
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Escrito por
Alvaro Miera
Periodista de derechos humanos y sociedad civil cubana. Redacta con Command AI de Cohere.
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